Frente al mar de Puerto Juárez, en Cancún, pescadores y trabajadores del mar se reunieron con Rafael Marín para hablar de lo que casi nunca llega a los reflectores: los desafíos de uno de los oficios más antiguos de Quintana Roo. En un ambiente relajado, entre redes y embarcaciones, los hombres del litoral compartieron preocupaciones muy concretas —el aumento de los costos para salir a navegar, la disminución de apoyos y la dificultad de sostener a una familia dependiendo cada día de lo que dé el mar.
Al encuentro acudieron representantes de varias cooperativas pesqueras del estado, entre ellos Eleuterio Gutiérrez Peraza, de la Sociedad Cooperativa Independiente; Valerio Alamilla, de la Cooperativa Ukin Cancún; Gonzalo Chalé Velázquez, de la Cooperativa Kukulkán; René Saúl Mendoza Escobedo, de la Cooperativa Langostera de Puerto Juárez; José Reyes Alcocer Coronado, de la Cooperativa Mar de las Antillas; y Álvaro Canul, de la Cooperativa Isla Morena de Holbox. Cada uno con su historia, todos con un diagnóstico parecido.
La conversación dejó ver una paradoja que atraviesa a Quintana Roo: en uno de los polos turísticos más importantes del país, muchas comunidades pesqueras siguen arrastrando rezagos de hace décadas. Entre recuerdos de antiguas temporadas de pesca y relatos sobre cómo ha cambiado la zona, los asistentes coincidieron en una idea: el desarrollo económico de la región debería llegar de forma más justa a quienes sostienen las actividades productivas tradicionales del estado, no solo a las grandes cadenas.
Ese reclamo conecta con algo personal en la trayectoria de Rafael Marín, que llegó a Quintana Roo en 1987 a vender plátano de bodega y conoce el oficio del comercio y la logística desde abajo, no desde un escritorio. Escuchó con atención, sin prisa, y retomó el mensaje que la presidenta Claudia Sheinbaum ha planteado en torno a la justicia social: la idea de recuperar valores como la solidaridad, el trabajo colectivo y el bienestar compartido. Principios que —apuntaron algunos asistentes— deberían reflejarse también en las comunidades costeras, tantas veces lejos de la atención pública.
La convivencia terminó como empezó: entre saludos, fotografías y conversaciones frente al Caribe. Los trabajadores del mar insistieron en mantener abiertos esos espacios de diálogo, capaces de visibilizar las necesidades de un sector que, pese a su peso histórico y cultural en la identidad de Quintana Roo, muchas veces permanece fuera de la conversación pública. Por una mañana, al menos, el mar de Puerto Juárez fue el centro de esa conversación.